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20 Agosto 2026
Nace En Mí Un Deseo

 

Jesús, joven que sueña con un mundo más humano, continúa llamando hoy: "Ven y lo verás".

Mi primer encuentro con Jesús fue osado y tenas. Nació en un encuentro de jóvenes de mi comunidad que ya se habían confirmado. Sentí un deseo tan grande de colaborar en el grupo juvenil que estava por formarse, dije "sí" sin pensar en el miedo. Enfrenté a mis papás y les dije decidida: "Estoy dispuesta a comer yuca las veces que sea necesario". El dinero no era problema porque sabía economizar. Tenía vergüenza, me sentía inferior, eran las primeras veces que tomava iniciativa para salir de casa, en los encuentros y actividades de la parroquia. Ahí Jesús me llamó y me sacó de mi encierro.

El segundo encuentro fue en el silencio de mi casa. Yo creía que mi lugar era solo limpiar la casa, cocinar, hacer tortillas, lavar ropa y que no merecía estudiar "por ser mujer". Estaba atrapada en esos pensamientos hasta que una tarde inesperada llegó mi primo. Él, en quien menos confiaba, me preguntó: "¿Y qué harás con tu vida? ¿Por qué no estás estudiando?". Sus palabras tiraron abajo todo lo que me aprisionaba. Jesús me llamó otra vez, esta vez para decirme que mi vida valía más que mis miedos.

Cuando veo a las jóvenes de hoy, me veo a mí: en mi búsqueda de identidad, en la pregunta de quién soy. En esa búsqueda, las Hermanas Catequistas Franciscanas fueron un puente para mí. Con su carisma, sus dones y su modo de vivir, me presentaron la vida de Jesús y su proyecto entre los pobres. Su testimonio encendió más la llama de mi curiosidad y me hizo repetir como en el Evangelio: "Maestro, ¿dónde vives?". Al experimentarlo, me sentí acogida y abrazada por Él. Descubrí que existía la misericordia y el amor, y que Jesús, joven que sueña con un mundo más humano, continúa llamando hoy: "Ven y lo verás".

Hace 3 años fui llamada para vivír en Rondonópolis (MT), Brasil, con 5 jóvenes: dos africanas, dos de Amazonas, una de República Dominicana y yo, guatemalteca, con el fin de dar continuidad a nuestro proceso de noviciado intercultural en la Congregación de las Hermanas Catequistas Franciscanas. Fue una experiencia desafiante pero también rica en el compartir experiencias y culturas. Me sentí acogida por el pueblo brasileño. Sentí dificultad en aprender el idioma portugués.

Em el segundo año de noviciado fuimos enviadas una en cada hermandad. Yo di continuidad en Assis Brasil (AC), en la triple frontera entre Perú, Bolivia y Brasil. Ahí experimenté la realidad donde tantos venezolanos, haitianos y entre otros migrantes sin documentos legales, sin casa, sin voz, me sentí extranjera. Escuché histórias sufridas y quise ser más para ayudarles, pero mis miedos y bloqueos me frenaron, no pude hacer mucho.

En Assis Brasil, una ciudad pequeña con carencia y falta de desarrollo. Las estructuras de poder político que no cumplen con sus obligaciones y derechos del pueblo. Jóvenes indígenas que no son vistos y buscan refúgio en las calles, en las drogas y en grupos marginales. Ahí entendí que ser puente también es ver con ojos de Dios, escuchar, estar junto y ser testimonio del Reino de Dios.

En esa experiencia de encuentro com Jesus hice mi primera consagración como Hermana Catequista Franciscana, vivir en fraternidad y viviendo em médio del Pueblo, hoy, continúo en esa búsqueda: de mis dones, de mis raíces, de mi cultura, sanando mis propias heridas. Y me pregunto: ¿Cómo soy puente para otros? Soy ese puente. Lo soy cuando coloco mis dones al servicio del Reino de Dios como Hermana Catequista Franciscana. Lo soy catequizando y estando con las catequistas que preparan con amor a niños y jóvenes.

Lo soy al tocar pies y manos fragilizadas de nuestras hermanas que dieron toda su vida al servicio de los pueblos y que ahora dependen de cuidados y atención. En la mujer haitiana que carga una carreta de ropa para ganarse la vida, en las personas del transporte público que salen cada día con deseo de encontrar un trabajo digno. Encontrarse con ellos es encontrar a Jesús dentro de sí.

Jesús me fue haciendo puente sin que yo lo buscara. Fui puente para un grupo de jóvenes en medio de desafíos, solo estando ahí. Fui puente para mujeres que necesitaban desahogarse, escuchándolas y dándoles mi apoyo. Fui puente para jóvenes que en medio de prejuicios, decían "yo no soy inteligente", recordándoles que sí lo son, y diciéndoles: Estudiemos, soñemos en grande porque tenemos dignidad y debemos que trabajar por el Reino de Dios. Soy puente desafiándome cada día a ser lugar donde otros puedan decir: "Aquí encontré a Jesús".

Hoy mi vocación se vuelve misión cada día. Está en el servicio y viviendo en fraternidad: cuidando, aprendiendo de las hermanas, escuchando histórias y practicando la paciencia. Está en la comunidad, catequizando y siendo presencia. Está donde la amistad nace, con las mujeres, siendo parceras.

La vocación, en su esencia, es misionera. Se vive en medio de nuestras limitaciones, aceptando nuestras fragilidades, siendo ese amor que se dona. Jesús no se quedó en la Iglesia; continúa resonando en la calle, en el cansancio, en la lucha diaria. Por eso, "perseverando y unidos", quiero seguir partiendo el pan en la vida de cada persona.

Informações adicionais

  • Fonte da Notícia: Irmã Luteria López

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